Por: Nelson Hernández
- Pasar de
fósiles a renovables no solo es una decisión ambiental, es una decisión
estratégica, tecnológica y económica que define el futuro. Quienes
apuesten por lo sostenible estarán un paso adelante. (NH-2025)
La historia energética de las
últimas décadas es un recordatorio cíclico de la fragilidad que supone la
dependencia de los combustibles fósiles. Desde el embargo petrolero de 1973
hasta la escalada de precios de 2008, pasando por las recientes crisis del gas
en Europa y la inestabilidad geopolítica en el Medio Oriente, la lección es
inequívoca: atar la economía de un país
a un recurso finito, importado y geográficamente concentrado es una estrategia
de alto riesgo. Cada shock externo provoca inflación, recesiones y vulnera
la soberanía nacional, forzando decisiones políticas complejas para asegurar el
suministro.
Frente a esta vulnerabilidad
sistémica, las energías renovables (solar, eólica, hidráulica, geotérmica) emergen
no solo como una solución climática, sino como una herramienta esencial de seguridad
energética.
La característica diferenciadora
fundamental de las renovables es su naturaleza autóctona. El sol, el
viento y el agua son recursos que se encuentran dentro de las fronteras de cada
país. Al aprovechar sus propios recursos naturales, un país reduce
drásticamente su exposición a los choques de precios externos, a los chantajes
geopolíticos y a las interrupciones de suministro en rutas marítimas
conflictivas. La seguridad del suministro eléctrico deja de ser una variable
que depende de la estabilidad a miles de kilómetros.
Invertir en renovables es, por
tanto, invertir en independencia. Transformar la matriz energética hacia
fuentes limpias y locales significa que el futuro energético de un país se
decide internamente. La diversificación tecnológica —combinando solar, eólica y
almacenamiento— robustece el sistema ante variaciones climáticas, garantizando
una red más resiliente y estable.
En conclusión,

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